Cuentan los hermanos que, en un tiempo ya velado por la memoria, llegó al monasterio un hombre de alma piadosa, un peregrino que cruzaba los vastos parajes de Cvstodia llevando socorro donde la necesidad abría sus llagas.
Decía que su propósito era alcanzar aquellos rincones donde él percibía que la fe al Milagro se había disipado, o donde quizá el propio Milagro había vuelto su rostro, dejando a sus hijos en un silencio sin amparo. Aseguraba que esa llamada lo habitaba desde su primer aliento.
La víspera de retomar su senda, confesó haber soñado con una niebla extraña, un manto opaco que todo lo engullía; y narraba que quienes osaran adentrarse en ella quedarían perdidos en un lugar sin fe, sin el latido del Milagro.
Fue entonces cuando resolvió buscar ese paraje velado, esa neblina que marchitaba el fervor de todo aquel que cruzaba su umbral. Los hermanos aseguran que jamás volvieron a ver al viajero.
Y respecto a tu pregunta, joven hermano, si existen dominios donde la mirada del Milagro ya no vela, quizás solo aquel peregrino, perdido entre brumas sagradas, podría darte respuesta.