Cada generación definió nuevas normas en torno al acto de desear para luchar contra la ansiedad del constante cambio. Hablad tras una pared, bajad la voz, hablad solo cuando se os diga.
Era un desperdicio que una imaginación tan prolífica no pudiera cruzar de una mente a otra, así que desearon que existiese una manera de poder manifestarla.
Muchas personas intentaron desentrañar el misterio de las estrellas caídas. ¿Existe una fuerza superior que vela por nuestro ritual? ¿Cómo es que quiénes hacían trampa eran erradicados de la memoria?
La última soñadora regresó 10 años más tarde, portando una larga trenza, y le pidió a su sucesora que hiciese que pedir deseos fuese tan bello como exigente.
Un soñador dijo que había que alzar un templo por cada soñador. Un soñador hizo estos templos resistentes al tiempo. Un soñador prefería ser olvidado. Un soñador comprendió la inmensa belleza de la decadencia.
Cuando sólo eran diez, el silencio se sentía infinito. Desearon ser cien, mil, un billón. El mundo creció y se reconfiguró. Presa de esta magia, la Tierra jamás podrá contenderlos.
Se producen grandes cambios a raíz de deseos aparentemente insignificantes. El cielo ha cambiado de color docenas de veces y el destino ni se ha inmutado. Un hombre pidió controlar el rayo, y el destino estalló.
Tal y como dijo el Séptimo Mentor, desear nunca fragmentará la realidad. La acumulación de reglas conducirá a la inmobilidad. Un día, se concederá el último deseo, y el cosmos estará completo.
Aunque unos cuantos habitantes hayan intentado extinguir el amor, cada generación encuentra un nuevo nombre y una nueva manera de compartir esa chispa que nace de apreciar la compañía de otra persona.
Érase una vez un ladrón que intentó robar las estrellas de la superficie del mar. En honor a su ingenuidad, los pescadores navegan frente al templo, intentando atrapar alguna estrella que les bendiga.
Desde tiempos inmemorales, los soñadores han soñado con presagios sobre los deseos que conceden. Una vez, un habitante pidió visitar esos sueños. El bucle de retroalimentación los destruyó a ambos.
Tras muchos accidentes y fechorías, una soñadora compasiva hizo que los mentores fueran innífugos. El fuego de la estrella sólo podría encender cálices de ahora en adelante.
Alguien deseó que desapareciera la luna, pero olvidó borrar el sustantivo. Cuando alguien mira al cielo, sabe que la noche no tiene luna, pero no consigue conjurar qué narices era la luna.
Una vez un soñador trenzó una mentira en su honda. Cuando su llama cruzó el cielo nocturno, la ficción infectó el firmamento—así nacieron las constelaciones.
La Treceava Mentora se coló tras el muro para pedir a su soñador que la convirtiese en una estrella, para poder guiar la mano de todos los futuros soñadores. Que sepas que ha estado disfrutando mucho de tus sueños. Dice que mucha suerte y muchas gracias.
La Primera Mentora decidió construir un templo sobre el cadáver de la primera estrella caída. El Segundo Mentor talló el muro de las confesiones de su roca más prominente. El Tercer Mentor tan sólo construyó una verja para que los soñadores no se cayesen. La Cuarta Mentora erijió los cálices para practicar, a imagen y semejanza del Cáliz Sagrado. El Cáliz Sagrado ya estaba ahí antes que nadie.